Mirá… esto no es de ahora ni de Instagram. Es una mezcla hermosa de creencias viejas, traídas por los abuelos inmigrantes, y costumbres populares que fueron pasando de boca en boca.

El rojo del 24, para Nochebuena, viene de tradiciones muy antiguas, sobre todo europeas. El rojo siempre simbolizó la vida, la pasión, la fuerza y la protección. Decían que usar algo rojo en la noche de Navidad atraía el amor, la energía y la buena suerte para el año que empezaba. Por eso muchas abuelas insistían: “ponete algo rojo, aunque sea la bombacha”. No era chiste, era ritual.

En cambio, el blanco del 31 tiene más que ver con cerrar ciclos y empezar livianos. El blanco representa la paz, la limpieza, la claridad y los nuevos comienzos. Vestirse de blanco en Año Nuevo es como decirle al universo: arranco de cero, con buenas intenciones y sin cargar lo viejo.
Esta costumbre se mezcló mucho con creencias de origen africano y latinoamericano, donde el blanco se usa para atraer armonía, salud y protección.

Acá en Argentina lo adoptamos a nuestra manera, sin tanta solemnidad, pero con ese fondo de fe sencilla. No hace falta creer ciegamente: es más un gesto, una esperanza vestida. Una forma linda de decir “ojalá el año que viene sea mejor”.

 

Y al final… no es la ropa. Es la intención. Pero si encima te sentís linda, cómoda y con ganas de brindar, mejor todavía.

 

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